Retrato de Miguel Naranjo sentado en un banco, frente a un fondo claro de estudio

Crónica · Puerto Vallarta

Volver al puertoa través de la mirada

Por Moisés Hernández López, Cronista de Puerto Vallarta 14 min de lectura

Miguel Alejandro Naranjo Ruiz nació en Puerto Vallarta el 3 de octubre de 1985. Pertenece a eso que podemos llamar el “Vallarta Tardío": una generación que creció cuando el viejo pueblo junto al mar ya comenzaba a quedar atrás y, sobre sus mismos caminos, aparecía una ciudad más grande, rápida, turística y cosmopolita. Le tocó conocer un Vallarta de hoteles, aviones, avenidas y turismo internacional, pero también uno donde todavía seguían vivas, dentro de muchas familias, antiguas formas de convivir con el territorio.

En su propia casa estaba una de ellas. Miguel viene de una familia vallartense de hombres muy ligados al agua y a la naturaleza. Su abuelo, don Enrique Ruiz, fue pescador, y su padre, don Miguel Naranjo, también. Pero aquella relación con el mar no era solamente un oficio ni se reducía a salir a pescar. Era una forma de vida más cercana: estar en contacto con la costa, el río, la montaña y la selva como parte natural de la convivencia familiar.

Estaban la pesca de orilla, la atarraya lanzada desde la playa o la desembocadura, la caña de pescar y las caminatas por la ribera de los ríos. También estaban los caminos entre la vegetación, las excursiones a las cascadas, los baños en sus aguas, las visitas a alguna pilita, los campamentos en la playa durante las vacaciones o aquellas salidas con los baldes en mano para entrar a las huertas y regresar con ellos llenos de mangos. Eran cosas sencillas, muy de aquí, pequeños rituales familiares en los que ir al río, cruzar una brecha, buscar dónde pescar o pasar el día junto al agua era también una manera de sentirse parte de una familia y de un lugar.

Antes de ser paisaje, la naturaleza fue para Miguel una experiencia de todos los días. El mar se tocaba, se recorría y se pescaba. El río era camino y lugar de encuentro. La montaña estaba allí para caminarla y las cascadas eran sitios conocidos, visitados y guardados en la memoria familiar.

Mucho antes de mirar ese mundo por una cámara, Miguel ya había aprendido a vivirlo. Tal vez allí comenzó, sin saberlo, su manera de mirar.

Su infancia transcurrió también en La Aurora, aquel conjunto multifamiliar donde comenzaba a formarse otra manera de hacer barrio en Puerto Vallarta. Entre departamentos, patios, andadores y espacios comunes estaban la tienda de abarrotes y el minisúper, la primaria y la secundaria cercanas, el templo parroquial, los juegos infantiles y esa vida diaria en la que los vecinos terminaban por conocerse casi todos.

Fue la infancia de mojarse bajo la lluvia, jugar futbol en el empedrado o las canchitas y seguir en la calle hasta que empezaba a oscurecer; de la fruta picada con sal, limón y chile, la lechuguilla y los dutiros bañados en salsa. También fue el tiempo de intercambiar estampitas de las caricaturas y gastar algunas monedas en los videojuegos de arcade que todos llamábamos simplemente “las maquinitas”. Eran cosas pequeñas, sabores, juegos y lugares que en ese momento parecían normales, pero que con los años terminaron formando una memoria común. Porque muchas veces el arraigo empieza justamente ahí: en las cosas de todos los días que sólo aprendemos a valorar cuando ya quedaron atrás.

Mientras Miguel crecía, Puerto Vallarta también crecía. La ciudad se extendía, aparecían nuevas colonias y el horizonte empezaba a cambiar. Las brechas se hacían calles, los terrenos se convertían en desarrollos y las construcciones ganaban altura. La ciudad que habían conocido sus padres y abuelos iba cambiando frente a sus ojos. Primero fue simplemente el Vallarta de su tiempo. Años después, esas transformaciones también entrarían en sus fotografías.

Le tocó además vivir otro cambio muy claro: el paso de lo analógico a lo digital. Todavía alcanzó los televisores de caja, los casetes de cinta regrabables, los rollos fotográficos y los aparatos que había que tocar, rebobinar o ajustar para hacerlos funcionar. Luego llegaron aquellas computadoras blancuzcas, grandes y pesadas, con monitores profundos y ventiladores ruidosos. Después apareció aquel internet lento que crujía y silbaba al conectarse y que, mientras funcionaba, dejaba ocupada la línea telefónica de la casa. Más tarde llegaron las cámaras digitales, los programas de edición, las redes sociales, los teléfonos inteligentes y finalmente los drones. Lo que al principio parecía algo nuevo y extraño terminó formando parte de la vida diaria.

Desde joven Miguel sintió interés por la imagen, las formas, el diseño y la comunicación visual. La tecnología encontró entonces un lugar natural en el diseño gráfico, donde podía juntar creatividad y herramientas digitales. De esos primeros años quedó incluso una identidad profesional: Phixelle, nombre con el que firmó algunos trabajos de diseño. Había aprendido a crear imágenes. Después descubriría que también podía salir a encontrarlas.

La fotografía terminó por reunir muchas cosas que ya estaban presentes en él: la tecnología, el diseño, la composición, la luz, el paisaje, la curiosidad y esa relación con la naturaleza que venía desde su familia. Miguel volvió a mirar Puerto Vallarta, no porque hubiera dejado de verlo, sino porque la cámara le enseñó a detenerse frente a cosas que siempre habían estado allí.

El mar de la infancia comenzó a ser también reflejo, horizonte y luz. La montaña mostró otras texturas; el río se convirtió en composición; las calles y las fachadas empezaron a revelar detalles que suelen pasar desapercibidos cuando uno vive todos los días entre ellos. La fotografía dejó de ser solamente una técnica. Se convirtió también en una manera de reconocerse dentro de su propia ciudad.

Hay lugares que conocemos tanto que dejamos de observarlos. Una cámara obliga a parar, escoger y decidir qué vale la pena guardar dentro de una imagen. Fotografiar Puerto Vallarta le permitió a Miguel descubrir señales del paso del tiempo en cosas aparentemente comunes: una calle, una casa, una playa, una montaña o un edificio que comenzaba a cambiar el paisaje.

Hacia finales de 2009, esa inquietud comenzó a compartirse con otros. Junto con Shanti Gilbert, Miguel impulsó PhotoWalk Puerto Vallarta, una iniciativa que reunió a fotógrafos profesionales, aficionados y personas que simplemente querían aprender a mirar con una cámara. Hubo caminatas, excursiones, conversaciones sobre fotografía y muchas horas compartiendo imágenes y experiencias. Poco a poco se fue formando una comunidad alrededor de la fotografía.

Puerto Vallarta y distintos lugares de la región se convirtieron en escenarios para esas salidas: la bahía, San Sebastián del Oeste, Talpa, Santa María del Oro, el Jardín Botánico, los pueblos, las montañas y los caminos. Con el tiempo, aquella comunidad local participó también en actividades relacionadas con Scott Kelby Worldwide Photowalk, Google+ y 500px.

De esos años surgió también 36 Disparos, un ejercicio inspirado en los antiguos rollos fotográficos. La idea era sencilla: tener sólo treinta y seis oportunidades para hacer una imagen. En un tiempo en que las cámaras digitales ya permitían tomar cientos de fotografías sin pensarlo demasiado, el ejercicio obligaba a detenerse y escoger mejor el momento.

Por esos años aparecieron también los Caza Atardeceres del Puerto. Miguel Naranjo, Shanti Gilbert, Javier Moreno, Santiago Almada, Danya Soto y otros fotógrafos se reunían varias veces por semana para esperar los últimos minutos de luz sobre la bahía. El nombre tenía algo de juego, pero también algo muy vallartense. Durante generaciones, la gente del puerto había mirado hacia el horizonte para buscar pesca, ver el estado del mar o saber cómo venía el tiempo. Ellos llevaban cámaras. No esperaban peces: esperaban luz. Pero seguían mirando hacia el mismo océano.

La fotografía fue dejando de ser sólo una afición. Entre 2012 y 2013, Miguel desarrolló Soy Foto, un proyecto para compartir conocimientos técnicos y creativos sobre fotografía digital. Ya no se trataba únicamente de hacer imágenes, sino también de hablar de ellas, explicarlas y compartir lo aprendido.

En esos mismos años comenzó a participar en exposiciones. Su trabajo formó parte de Caras de México, en 2012, y de Photo Collective, en 2013. Después vinieron Photo Collective II, en 2015, y PhotoMeet Puerto Vallarta, en 2017. Estas exposiciones lo colocan dentro de una generación de fotógrafos que empezó a construir nuevas imágenes del Puerto Vallarta de las primeras décadas del siglo XXI.

Al mismo tiempo, la fotografía fue convirtiéndose en su profesión. Miguel comenzó a trabajar con paisaje, destinos turísticos, arquitectura, espacios construidos, desarrollos inmobiliarios y producción comercial. Su cámara ya no sólo miraba la naturaleza, sino también aquello que la ciudad iba construyendo sobre ella. Y allí aparece una parte importante de su trabajo: registrar tanto lo que permanece como lo que cambia.

En 2015 llegó uno de los encargos más importantes de su trayectoria. El Fideicomiso de Turismo de Puerto Vallarta le pidió realizar un banco de imágenes del destino. Era un trabajo profesional, pero también tenía otro significado. Durante muchos años Puerto Vallarta había sido fotografiado y contado desde fuera por viajeros, cineastas, fotógrafos y publicistas. Ahora un fotógrafo nacido aquí participaba en la imagen con la que su propia ciudad se mostraría al mundo.

Sus fotografías comenzaron a circular en materiales de promoción, ferias turísticas y publicaciones. Con los años, imágenes de su autoría aparecieron en proyectos editoriales relacionados con National Geographic Traveler, Lonely Planet, Larousse, WestJet y Lufthansa, además de otras revistas y publicaciones de turismo. Aquel muchacho que había conocido el mar desde la orilla terminó llevando imágenes de esa misma bahía a lectores de otros países. Para mostrar Vallarta hacia afuera, primero tuvo que aprender a mirarlo desde adentro.

La fotografía se fue cruzando también con la comunicación y el marketing. Miguel participó en talleres y charlas sobre fotografía con teléfonos celulares, marketing digital para fotógrafos y la importancia de la imagen en la promoción de un destino turístico. Era un tema que conocía desde su propia experiencia: muchas personas imaginan Puerto Vallarta antes de conocerlo gracias a una fotografía de la playa, la parroquia, un atardecer, una calle o la montaña. El fotógrafo también ayuda a decidir cuál es el rostro de una ciudad que viajará hacia otros lugares.

En 2018, cuando Puerto Vallarta celebró cien años como municipio y cincuenta con la categoría de ciudad, Miguel participó en la cobertura fotográfica oficial del Mayo Fest. Frente a su cámara pasaron conciertos y artistas como La Santa Cecilia, Bomba Estéreo, Pepe Aguilar y Ángela Aguilar, entre otros. Un vallartense nacido a finales del siglo XX estaba documentando una de las grandes celebraciones de su propia ciudad. Otra vez la fotografía se encontraba con la memoria.

Su interés por la tecnología siguió creciendo. Después de la fotografía digital llegó la fotografía aérea y, junto con Javier Robles, desarrolló TreeMedia, un proyecto de fotografía y video aéreo, arquitectura, construcción y desarrollos inmobiliarios, utilizando drones, cámaras de 360 grados y otras herramientas.

Desde arriba apareció otro Vallarta. Las calles se volvieron líneas, los edificios mostraron mejor su relación con el territorio y la costa, la montaña y la ciudad pudieron verse juntas dentro de una misma imagen. El nieto y el hijo de pescadores, heredero de hombres que conocieron este lugar caminándolo, siguiendo sus ríos y pescando desde la orilla, terminó usando tecnología capaz de observarlo desde cientos de metros de altura. Cambió la herramienta, pero no la curiosidad por el lugar.

Su trabajo también se extendió hacia la comunicación y el marketing, con proyectos vinculados con Grupo Vidanta y Hospitales CMQ, además de trabajos para hoteles, aerolíneas, instituciones y empresas de la región. Allí volvieron a encontrarse muchas de las cosas que lo habían acompañado desde joven: diseño, fotografía, tecnología e imagen. Porque una fotografía no sólo guarda algo. También comunica y puede cambiar la manera en que un lugar es visto desde lejos.

En 2020, su trabajo apareció nuevamente en proyectos colectivos como Talento Local PVMX y Art by TreeMedia. Para entonces habían pasado más de diez años desde aquellas primeras caminatas fotográficas. Sin proponérselo del todo, Miguel y otros fotógrafos de su generación habían comenzado a formar un gran archivo visual del Vallarta contemporáneo.

Muchas de esas fotografías todavía parecen nuevas. Pero con el tiempo tendrán otro valor. Una imagen no guarda únicamente lo que el fotógrafo quería retratar. También deja una fachada, un árbol, un anuncio, una calle sin pavimentar, un edificio antes de desaparecer, una playa antes de cambiar o una montaña antes de una construcción. La fotografía guarda el presente y el tiempo termina convirtiéndolo en documento.

En años recientes Miguel ha regresado también a una fotografía más personal. Proyectos como Las Puertas del Puerto ponen la mirada en detalles cotidianos de Puerto Vallarta: puertas, fachadas y pequeños elementos de la ciudad que vemos todos los días y que, muchas veces, sólo valoramos cuando desaparecen.

La memoria funciona así. No siempre recordamos una ciudad por sus grandes edificios o monumentos. A veces la recordamos por una ventana, una banqueta, un anuncio, una tienda o una puerta. Lo cotidiano parece durar para siempre porque está frente a nosotros todos los días. Fotografiarlo es también una manera de dejar constancia: esto estuvo aquí.

Ahí vuelve a tener sentido el Vallarta Tardío. Miguel no conoció el pequeño pueblo aislado ni las primeras décadas del turismo. Su memoria pertenece a otro Puerto Vallarta: el del crecimiento acelerado, las computadoras, internet, las cámaras digitales, los teléfonos inteligentes, los drones y las redes sociales. Pero haber nacido en una ciudad más moderna no significa tener menos raíces. Significa vivir el arraigo desde otro tiempo.

Su generación recibió el paisaje, pero también una ciudad que cambia muy rápido. Tal vez por eso la fotografía tiene otro valor: permite guardar pequeñas señales de aquello que se va transformando y conservar partes de la ciudad que un día ya no estarán.

La trayectoria de Miguel Naranjo podría resumirse en cámaras, publicaciones, empresas, exposiciones y proyectos. Pero su historia empieza mucho antes. Antes de la cámara estuvo el agua. Estuvieron su abuelo y su padre, la atarraya, la caña de pescar, los recorridos junto al río, las brechas, las cascadas, las noches de campamento en la playa y los baldes llenos de mangos después de entrar a una huerta.

Después llegaron las computadoras, el diseño, las cámaras, los lentes, los programas y los drones. Cambiaron las herramientas, pero no desapareció la necesidad de mirar.

Su abuelo conoció este territorio desde el agua y la pesca. Su padre siguió recorriéndolo. Miguel encontró una cámara y aprendió a verlo de otra forma. Tres generaciones, distintas herramientas y una misma geografía.

Tal vez el arraigo sea justamente eso. No sólo haber nacido en un lugar o quedarse a vivir en él, sino llevarlo dentro de la manera en que uno mira el mundo: reconocer el olor de la lluvia, saber cómo cambia el río, mirar cómo cae la tarde sobre la montaña o recordar cómo era una calle antes de convertirse en otra cosa.

Miguel Naranjo encontró en la fotografía una forma de regresar una y otra vez a ese lugar. Desde la playa, desde una calle, frente a una fachada o desde el aire, siempre hay un punto al cual volver: el puerto.

Detrás de las computadoras, las cámaras y los drones queda una escena mucho más sencilla: un hombre frente a su territorio tratando de entenderlo con la mirada.

Hay quienes regresan a un lugar escribiendo sobre él. Otros guardan objetos o cuentan historias. Miguel Naranjo encontró otra manera de volver.

Volvió al puerto a través de la mirada.

El autor

Moisés Hernández López

Cronista de Puerto Vallarta

Amigo de Miguel desde la infancia. Se conocen desde que ambos tenían seis o siete años, en el mismo puerto que aquí narra.